Me tocaba comentar sobre Cómo ser mujer de Caitlin Moran y lo he estado retrasando porque tiene su complicación.

La autora toca puntos relevantes y casi llega a plasmar alguna reflexión interesante; pero, nada, no lo consigue. La forma de hacerlo es pésima y fracasa rotundamente.

Esta doble percepción es la que me complica construir una opinión. En mi caso, pesa más la parte negativa y no puedo evitarlo.

Para empezar, la edición que tengo (en español) tiene bastantes erratas y algunas me parece que son fallos de traducción. No puedo confirmarlo porque no tengo original para comparar, pero me cantan cosas para las que encaja una traducción literal a inglés, y no tienen mucho sentido en español.

De lo que nos cuenta Caitlin, no es que no entendamos que intenta ser graciosa, o que es sarcástica al encasillar a la mujer, o que el contexto cultural de UK no tiene nada que ver con el contexto cultural de… va, venga: Saturno.

Lo que pasa es que no lo está haciendo bien.

Aunque tiene alguna escena graciosa, no comparto, ni de lejos, que califiquen el libro de “hilarante” como característica destacable, o que no se mencione, aunque sea con disimulo, la frivolidad o la simplificación injustificable.

Yo evocaba repetidamente una ameba y una gallina alcohólica cacareando sin ton ni son. La ameba es el colectivo “mujer”, sin tonalidades siquiera, porque en este libro las mujeres no vivimos en contextos diferentes que demandan acción y atención diferente, no; tampoco somos individuos con características singulares, no. Aquí somos todas como las del círculo de la Moran y conformamos un solo ser: una ameba que responde a estímulos irrelevantes.

Cómo ser mujer debería tratar de cómo ser tú misma o algo, pero no, trata de ser ameba, fagocitada por la gran ameba para formar parte de ella. Y ya. Claro, si no entramos en cómo ser tú a pesar de la ameba, me suscita más anulación que liberación.

Visualizo a la protagonista, Caitlin Moran, como una gallina que hace cococó al azar con la botella debajo del ala. El feminismo de Moran es con alcohol. A falta de este, úsense otras drogas.

¿Por qué el capítulo del aborto no es tan horrendo? Porque no sienta la premisa (sin avisar siquiera) de que toooooodas las mujeres son como ella y sus amigas, ni sienta la premisa de que tooooodas las mujeres viven cualquier experiencia exactamente de la misma manera que ellas. Aborda el tema como una experiencia por la que pasan muchas mujeres, pero cuenta la suya como una más, parecida o no a la de otras y con las que comparte el denominador común de la polémica sobre el aborto y las fronteras de los asuntos de todos, asuntos de hombres y asuntos de mujeres; y las de los asuntos individuales y colectivos.

Al abordarlo de forma natural e inteligente, le sale un capítulo intenso y que comunica. Salvo este capítulo y algún detalle, se pasa el libro frivolizando y simplificando problemáticas complejas, enumerando contactos y bebiendo o drogándose.

Pues no, lo siento, a mí no me gusta ni me parece hilarante. Lo de vanagloriarse de lo rebeldes que somos (por fumar porros, emborracharnos o decir tacos) se me quedó en la adolescencia, y no, no tuve que llegar a los 35 años para darme cuenta de que hay tacones (y otros accesorios) incompatibles con la anatomía humana.

Que tienes curiosidad, pues ánimo. Pero date cuenta de que vas a leer una pataleta que quiere ser una crítica mordaz y, para conseguirlo, no desarrolla argumentos sólidos sino que se sustenta en estereotipos que, además, trata de forma soez y superficial.

Que te has animado y que estás totalmente en desacuerdo con mi punto de vista, por favor ilumíname.