Si la esclavitud cotidiana no irrumpiera y entorpeciera el hábito vocacional voluntario o preferente, Milkman se leería en un suspiro. Pero un suspiro de los de contener el aliento por momentos.

En general, leo en reseñas y comentarios que Milkman va de un acoso, que es la historia de una joven importunada por un señor de la cúspide de la jerarquía social, como un capo de la mafia, con mandados y muy peligroso.

Yo creo que va del miedo y lo que con miedo se construye. Para mí, Milkman trata de la auto represión derivada de la represión de origen externo y por eso tiene ese efecto de claustrofobia. El miedo minando personas, deshumanizando.

Sea cual sea tu interpretación más general, siempre tendrá matices y quedará incompleta al explicarla.

A continuación hablo de mis impresiones sin tapujos, pero he hecho una reseña más breve (y aún extensa) en Goodreads donde sí uso las etiquetas de spoiler y creo que puedes leer sin riesgos. Clic en el enlace para leer mi reseña de Milkman en Goodreads.

PRESENTACIÓN

El libro tiene una portada que parece de colección de novela romántica barata: un paisaje urbano detrás de una playa y todo muy rosa. No es casualidad. El atardecer y sus colores forman parte del nudo de opresión. Si te niegas las emociones, si te niegas el mundo, no lo ves. El cielo es azul y no hay rosa, naranja y púrpura de atardecer que te conmueva.

SOBRE EL LIBRO

Hay muchos fragmentos dignos de cita y yo me quedo con este:

“¿Significa eso que al final seré feliz?» «No se trata de ser feliz», contestó él, que me pareció, y aún me parece, el comentario más triste que he oído en la vida.”

Todo debería tratarse de ser feliz. De eso va Milkman. De la anulación de opciones, de esquivar la felicidad negando nuestro propio yo, porque lo íntimo es peligroso, porque no sabemos afrontar las emociones, aceptarlas y sentir lo que sentimos, sea lo que sea. Milkman muestra la construcción externa sobre el yo, fundamentada en dos pilares: el miedo por opresión política y el miedo por construcción social de mitos, tanto desde los medios y el gobierno, como desde el individuo y sus relaciones con sus semejantes. El chismorreo domina y forma la realidad desvirtuando al individuo, aniquilando la autenticidad en pro de una imagen que se proyecta e interactúa —o no— con los demás y con el entorno.

Igual que el acoso de Milkman no es tal si no hay una manifestación física que lo de-muestre, las emociones, lo psicológico, se apartan del individuo. Es una mutilación del yo, se niega la complejidad emocional y uno mismo se anquilosa en su ser más básico. La lucha interna es omnipresente y el intento de ser uno más como los demás, una obsesión, pero con fundamento, porque destacar puede significar la muerte, y la muerte es una realidad contundente y definitiva, no una emoción cuyo rigor y justificación son cuestionables.

El carácter y la imagen de la protagonista se construyen sobre el escudo del silencio, el pasar desapercibida. Cuanto menos digas, menos se puede saber, decir, de ti. Pero se equivoca. En el mundo del reproche y la culpa, siempre hay algo que decir de ti. Tan malo es hablar como callar, de nada sirve ser honesto y de nada sirve esquivar preguntas, porque si no se sabe nada sobre ti, se inventa algo sobre ti.

Escrito en primera persona, es esta middle sister quien nos cuenta la historia y, sin más referencias, casi siempre tenemos el convencimiento de que son los demás los que inventan chismes, pero también llegamos a dudar de la capacidad de la protagonista, de su salud mental. Hubo páginas  en las que no tenía claro si la protagonista exageraba, estaba paranoica, o si su realidad se retorcía tanto como me contaba. Como aquel pasaje que comienza con la inocente idea de dar entierro a un gato pero con la relevancia de lo que el gato representa en la metáfora global –las mujeres somos como los gatos, a nadie le importa si nos matas de una pedrada o de un tiro–, y se convierte en obsesión, en el único pensamiento, porque es más fácil aferrarse a un pensamiento, por absurdo que termine siendo, que asumirlos todos. Su necesidad de completar esa tarea, me parecía obsesiva.

Hay salpicaduras de paranoia-obsesión en detalles, no necesariamente pasajes específicos, como eso de comprobar el teléfono por si estaba pinchado, sin siquiera saber cómo comprobarlo, en realidad. O los clics de las fotos, siempre pensando que es por ella. El cuñado le abre los ojos, pero ella vuelve a su paranoia hasta que la mejor amiga le suelta el rapapolvo. Creo que el asunto paranoico se confirma en ese rapapolvo. La amiga le suelta un montón de cosas que “eres tú” y no los rumores, ni las grupies, ni Milkman ni nadie.

Podría entenderse Milkman como una historia de superación, pues al final el yo ve la luz (literalmente, además), se aclara la vista de la protagonista, ve colores para los que estaba ciega y, con su claridad, también el mundo cambia a su alrededor. Por eso yo veo una metáfora de cómo la apreciación que tenemos de los demás, y que los demás tienen de nosotros, cambia si cambia nuestra actitud.

ESTILO

El estilo de Anna Burns es interesante porque responde y, a la vez, construye el entorno opresor y claustrofóbico en el que se desarrolla la historia. Una sola frase puede encerrar múltiples mensajes, y los mensajes y las frases se repiten a menudo, no sólo como refuerzo de una idea, sino también aportando nuevas connotaciones y matices y hasta completando escenas anteriores inconclusas o que adquieren mayor significado al cerrarse el círculo.

Es un estilo de capas, envolvente, que evoca el carácter cíclico o retroalimentario de las interacciones entre el yo y el entorno. Párrafos extensos con los diálogos embebidos, listas de todo tipo, frases y párrafos que terminan en las mismas palabras con las que empezaron…

A veces recuerda a la prosa discursiva de Proust, por lo íntimo y por la yuxtaposición de emociones y escenarios, que van de un momento actual a un tiempo pasado y regresan al punto de partida formando un entramado de círculos anillados.

Todo parece repetirse, o ser caótico o no ir a ningún lado. Sin embargo, cada rizo aporta información o matices que plantean o resuelven un aspecto de la historia.

Los personajes, los lugares, las religiones, las organizaciones paramilitares… todo lo que uno pensaría que es relevante se identifica por referencias, no por sus nombres. Creo que es la forma en que Anna nos dice que no se trata de la historia de tal o cual sitio ni de la historia de tal o cual personaje. Es una historia del miedo, de las emociones humanas, de la opresión en sí misma. Los nombres que sí aparecen son, precisamente, los que los libros de enseñar a escribir habrían condenado como fallo de principiante: los que no importan (aparentemente). Están ahí porque eso les da la relevancia que no deberían tener, y tienen.

Todo tiene su razón de ser en Milkman, todas las anécdotas y la elección de palabras, tienen su lugar, aunque aparezcan, a veces, como inconexas, como motivadas por una excusa tonta de mal escritor. Es tal vez esto lo que provoca el abandono por parte de ciertos lectores que, entiendo, se sienten abrumados por la retroalimentación insistente y tienen la sensación de que la historia no va a ninguna parte. Es necesario tener fe en la autora y paciencia para dejarla : si confías en ella, te muestra sus motivos.

A mí me encanta. Y me encantan las pinceladas violetas y el tono amargo del sarcasmo.

LAS GAFAS VIOLETAS

Las gafas de escribir de Anna son violetas y se le desparraman las alertas y advertencias contra patriarcado y heteronormalidad con una discreción extraña, porque se ven como luces de neón en la oscuridad del mundo de negación y ceguera autoimpuesta que nos muestra; y a la vez encajan en ese mundo como una necesidad obvia. Nos muestra la aceptación ciega como normalidad y nos muestra la reacción adversa como un mal necesario, inadaptados de los que mantenerse alejadas.

no le conté lo de los gatos que aparecían muertos y mutilados

Los gatos son como las mujeres y no importa si los apedreas; los nombres prohibidos son sólo de varón, porque los nombres de las mujeres, como las mujeres, son irrelevantes; al hombre hay que amenazarlo y hasta matarlo porque representa una fuerza que se opone, pero son las mujeres las que, con niños de la mano, carritos de bebé y la correa del perro revientan el toque de queda saliendo todas a la calle, como un solo ente, clamando libertad.

El patriarcado brilla en el retrato tópico que define a un homosexual, en la homofobia; en las grupies, que aspiran a ser un accesorio y se sienten orgullosas; en la necesidad de una unión internacional de mujeres de los asuntos; en las mujeres, que deciden si mirar y ser testigos de los registros humillantes a sus maridos, padres, hermanos o si respetarles la vergüenza y no ver nada; en la negación de las emociones y el refuerzo persistente del silencio, el miedo y la opresión. Y en Milkman, en que si no te toca, no ha pasado nada.

NOTA DE AGRADECIMIENTO POR LA IMAGEN (que no es mía).

Thank you, Katalin Papp, for taking a suitable picture for this post.