Si la novela sale para adelante cuenta conmigo para que la compre y lea. La escritura siempre fue lo tuyo… pero te decantaste por la ciencia.

Esto que cito es un ejemplo de apoyo incondicional. Después de muchos años sin vernos, sin apenas comunicarnos y en una conversación por Linked In con Cristina Amenedo.

A lo largo de mi vida ha habido gente que ha confiado en mí y que me ha animado en todo momento a agarrar la pluma y garabatear en el papel. Pero también ha habido momentos cruciales en los que, sin querer, hicieron todo lo contrario.

No podía entender mi «PA-» en lengua escrita si mi sintaxis era más elaborada que la de muchos de mis compañeros, distinguía entre be y uve, acentuaba, usaba las haches correctamente y hasta ponía comas. A la profe no le gustaba mi letra, perfectamente legible pero no adornada, y valoraba la caligrafía al tiempo que minaba mi autoestima haciéndome creer que estaba por debajo de otros, que iban por la vida con su «PA+», su letra ilegible por causa de los rizos rebuscados y pasándose por el forro alguna que otra norma.
La diferencia entre ir por detrás de otros en «Lengua escrita» o «Matemáticas e ir por detrás de otros en «Religión», por poner un ejemplo, es que «Lengua escrita» y «Matemáticas» eran importantes para mí y «Religión», no.

Empezó a cambiar mi historia escribiente cuando tenía de 11 a 13 años. Era otro centro, eran otros profesores, y mi habilidad escritora se valoraba de otra forma: la caligrafía ya no era tan relevante, pero sí lo eran la ortografía, la sintaxis, la puntuación, la variedad léxica…
Cuando Raquel, Noelia, Sara o Sonia me pedían más relatos, o una continuación (¡dioses multiversales! ¡Acordarse ahora de Laura y Patolas!), estaban haciendo una valoración positiva de mi capacidad creadora, y estaban sembrando una semilla, la que no había podido germinar antes porque caligrafía.

Pero el único consejo vino de mi padre, sin estudios, con limitada habilidad escribiente y sospecho que sin tomarme en serio: «Escritora, ¿eh? Pues deberías llevar siempre un lápiz y una libreta encima«.
Sin darse cuenta (creo), mi padre me dio la primera pauta: una escritora no deja que se le escapen las ideas, por eso  siempre lleva instrumentos de trabajo consigo.
Tenía razón, pero no le hice caso y el consejo se quedó en el castigo de recordarlo. Lo escuché miles de veces en mi cabeza, sobre todo cuando me asaltaba una idea o un impulso escritor… y no tenía dónde o con qué garabatear unas notas.

Con el tiempo acallé a mi yo escritora y dejé el hábito, quizá porque —a parte de un consejo accidental que me caló, pero al que no hice caso— nunca supe qué opciones tenía y nadie se preocupó de mi inquietud silenciosa. Corté conmigo porque si no había lápiz y libreta, ¿para qué molestarse?

Ya no creaba historias, me limitaba a algún que otro vómito sin sentido y a multitud de cartas. Me carteaba hasta con las piedras, que nunca respondían.
Esta sequía escritora toma las riendas durante años y termina por extenderse a una fuerte limitación lectora: los libros ya no son mis amigos, ya no me llaman, ya no los necesito.

Pero andando el tiempo, las cartas se convirtieron en emails y empezaron a traer comentarios y sugerencias espontáneos de los que nunca tuve cuando era una niña con una ilusión.
«Me encanta leerte«, «¿por qué no escribes tus memorias?«, «deberías dedicarte a escribir» llegan en conversaciones independientes, desde ambientes inconexos entre sí, desde personas que no se conocen o solo de vista, y me sorprende que orígenes dispares concluyan por igual en ese recuerdo de lectura agradable.

Los emails son hoy conversaciones de Whatsapp y de Telegram, mensajeo de Twitter y Facebook, conversaciones en foros y respuestas en blogs. Se repiten los «tienes talento«, «escribes muy bien«, «tienes algo» y empiezo a creerlo. Ahora, en los 40, con la voz de esa niña de 10 años frustrada porque, a pesar de su dominio de las letras, cree que es mediocre en lo que le gusta, lo que debería hacer bien; y con la dejadez de la adolescente que ya sólo luce su habilidad en los exámenes (y en las cartas); y con la postadolescente que se mete en una carrera de ciencias sabiendo que las letras las llevará siempre consigo e ignorando la realidad subyacente de que ha interiorizado un fracaso donde no hubo siquiera un intento.

No lo he superado aún: no vuelvo a devorar libros, no disfruto como antes, no me sorprenden, no me capturan, y leo mucho menos de lo que solía… Pero escribo. Vuelvo a escribir, y eso sólo es posible gracias a vosotros, los que aún con mi sequía persistente, mi abandono y mi apatía escribiente, creéis en mí. Algunos siempre lo habéis hecho, y por eso, porque creéis en mí, he logrado sentirle el punto final a esa dichosa novela, esa historia que terminamos —vosotros y yo— muchas veces, pero que nunca antes había estado «completa».
Me siguen asaltando matizaciones puntillosas, nuevos enfoques y toda una colección de «esto» y «lo otro». Pero hemos terminado, esta vez sí, y sé que seguís ahí.

GRACIAS