Vivimos tiempos de sequía creativa y no me da ni para bloguear como es debido.
Traigo ahora información fresca aunque con retraso —como poco es refrescante—.

Como muchos sabéis, entre mis targets editoriales estaba la Editoral Cerbero, que me tenía muy enamorada ya desde hace un año. Y resulta que son los únicos con la recepción de manuscritos abierta en el momento en que decido dejar de darle vueltas a la criatura.

En cuanto al tecluscrito, confirmo que sigue apareciendo mierda por aquí y por allá en cada vistazo, y alguna mierdilla que se me pasa por la cabeza sin vistazo siquiera, pero había que poner un límite y el agotamiento es una señal clara de parada.
Bien podía haber hecho una pausa para reposar y retomarlo el año que viene… Y ya nunca dejar de retocar un texto que está remirado.

Así que no eché el freno: estacioné.

Comprobé quiénes estaban esperándome y solo Cerbero tenía las puertas abiertas, como una estrella tililando más que las demás. Retoqué la propuesta que ya les tenía medio preparada y les envié mi alma, porque un escritor no construye un tecluscrito de ceros y unos, lo construye de sí, de urgarse en lo recóndito de su ser rebuscando en los sueños, los miedos y los recuerdos, en las emociones propias y en las ajenas (sí, sí, también las tuyas… si te acercas lo suficiente para que podamos olerlas).

Y se lo envié. Mi cosa llena de gazapos y horripilancias, pero no sin revisión: varios procesos beta, una corrección aficionada con aspiraciones profesionales y muchas —MUCHAS— lecturas y relecturas por más de un cerebro. Y aún con todo este trabajo a las espaldas, das una patada y salta una nube de mierdillas y mierdotas.

Eran las tantas de la tarde, domingo y esas elecciones terribles en Andalucía. Y yo envío mi criatura a una editorial cuyo veredicto me importa.
Sé que el capitalismo prefiere dejarlo en tecluscrito y hará todo lo posible para imposibilizar su metamorfosis en novela editada. Es demasiado larga para lo que la editorial suele publicar y eso supone una inversión más grande. Soy cara y no tengo aval: no hay trayectoria previa ni contactos y, encima, vivo en el extranjero  —si hasta las promesas de compra de allegados son más frecuentes para la «versión en inglés cuando la haya» que para la original—.
Mi proyecto supone una apuesta muy fuerte para cualquier editorial emergente, sin los recursos de la estasis literaria imperante. Soy consciente, pero tengo que intentarlo. Es buen momento para una fantasía nueva y Cerbero es la editorial más adecuada para darle su oportunidad.

Hago el click del no retorno, amordazo a la vocecilla que insiste en que se puede recuperar el email y que nunca llegue a destino, y me siento a ver a los rajneeshian esos de Netflix.
Y luego, cuál es mi sorpresa cuando, al revisar el móvil, me encuentro con…

Está por ver si estamos a la altura pero, de momento, hemos tenido una buena entrada, no solo por el resultado, sino por lo fácil que ha sido, porque me mostré tal cual soy, sin maquillaje ni apariencias, y ¡no pudo ir mejor!