No hace mucho estuvimos en España. En España todo es maravilloso, excepto el ambiente depresivo, los desahucios, la escasez de transporte público accesible, los no-representantes de un pueblo ya muy molesto… bueno, esas cosas.

Pero en España hay esperanza. Sé que hay esperanza porque tuve la oportunidad de ser testigo y participar de una experiencia maravillosa. Maravilla que debiera ser algo así como el otro pan de cada día, y no una rareza.

Hace unos meses estuve trabajando otra vez como probadora de videojuegos. Entre descanso y descanso, terminé haciendo migas más particularmente con uno de los compañeros de italiano, con quien inicié un intercambio idiomático que se quedó más bien en practicar su español, ya existente, dado que mi italiano carecía de cualquier base sobre la que trabajar. Conversando acerca de nuestras inminentes visitas a la homeland, terciamos sobre qué traer de allá. Mencionó el cerrano, porque aunque escriba con faltas, tonto no es, y al jamón serrano, aún pudiendo hacerse uno con un buen prosciutto, no se le dice que no. Con menos cachondeo, también mencionó sobre conseguir algún libro infantil en español para su hijita de ahora ya 3 años, recién cumplidos.

No me pareció imposible, así que arrojé la idea a FB,  dirigida a todos los papás, preguntando sobre los libros infantiles y la posibilidad de donación para otros niños.

De entre las escasas respuestas, hubo una de ofrecimiento generoso: Ele, una niña de 6 añitos que, no lo sabía entonces, iba a pasar por un proceso de desapego material, su mamá la sometería a la idea de la donación, la idea de dar algo sin recibir nada a cambio, porque otros lo necesitan y, encima, más que tú —bueno, este tampoco es que sea el caso de Necesidad, así, con mayúscula—.

Por otro lado, le había propuesto a Marta, la mamá malvada de antes, comprar aquí —en U.K.— la trilogía de The Hunger Games, que ella ya tenía en su lista de espera para leer bajo el formato Los juegos del hambre, es decir, en español. Yo ya había leído la versión digital en inglés y me pareció que el inglés de Marta era suficiente. Así que, mira, compra libros. Compra libros en inglés, que salen varias veces más baratos que en español, que por el precio de los tres en inglés, no sé siquiera si habría llegado a comprarse el primero de la saga en español. [Consulta] sí, se lo habría comprado, de segunda mano y no en cualquier sitio.

Pero la cosa no es el hecho de la compra en sí, porque Marta sabe cómo llegar a la biblioteca y el gasto que le supone es escasas calorías y una dosis inapreciable de desgaste de suela de zapato; también consumo de tiempo, que para ella no será «perdido» —sigo incomodándome con esta expresión, ¿cómo puede alguien perder el tiempo? pierdes un objeto, una carrera o incluso el avión, pero ¿el tiempo?—.

Lo importante no era solo que íbamos a vernos, después de 3 o 4 años, ni que nuestra excusa eran libros. Lo importante era que Ele, la niña que lee, estaba implicada. Hay al menos una niña que disfruta de la lectura, que va a la biblioteca, que te hace feliz con una sonrisa cuando recibe un libro…

Unos días antes de nuestra breve reunión literaria, comenté con mi madre sobre el caso de la hijita de este padre que acepta cerrano como souvenir de España. Lo comenté con ella porque mi madre suele tener de todo: juguetes, libros infantiles, libros juveniles, libros de texto y hasta enciclopedias. Los rastros de 4 hijos no se borran fácilmente y su incondicional suscripción al Círculo de Lectores, también deja un buen rastro. Así que, me encontré de pronto con una colección de libros con anexos demasiado sofisticados para un niño, pero irremediablemente aprovechables por un profesor de primaria: los Cuentos del derecho y del revés, que a saber cómo fueron a parar a los cajones extradimensionales de mi madre, los puse en las manos de Cris, que espero dé buena cuenta de ellos en el cole o done a algún colegio público que sepa aprovecharlos.

Además, tenía en el lote un «pinta y colorea» de los que traen pegatinas, y el cuento de Aladín. Entonces mencionó mi madre una colección que iba a ser ya demasiado para esta niña, pero que a lo mejor valía para los padres «digo«, dice, «porque si están aprendiendo español…«. Era una colección de lectura para niños más mayores, pero aún infantil, era una colección ideal para Ele.

El encuentro fue especial, porque venía lleno de libros. Libros para distintos lectores, libros en distintos idiomas. Libros a estrenar y libros que ya habían dedicado sus servicios una vez… un millón de veces.

Ele, dispuesta a dar sin recibir, me explicó sobre sus libros de cuando era pequeña. Me llamó la atención la mezcla de emociones que le noté. Tenía claro lo que estaba haciendo, había decidido dar aquellos libros, pero también quedaban atisbos de resignación acallada por la responsabilidad del compromiso, o un cierto temor del uso que se les fuera a dar. Resultaba de alguna manera un hacer muy adulto, más adulto que el comportamiento cotidiano de algunos adultos.

Pero Ele también se encontró con una colección de sorpresas de papel. Dibujos simples y letras enormes de color, un color para cada libro. Al conjunto se le había añadido un diario del año de la polca, de esos con candado y decorados con unos angelitos, la cosa más viejuna y obsoleta que podría ser un diario. Descartado de la librería porque ya no se vendía, fue a parar a esos cajones extradimensionales de mi madre. Yo no sabía si Ele apreciaría o no algo como aquello, tan ridículamente pasado de moda…

Los niños no entienden de modas ni de alienación. Los niños entienden lo que sus padres les ayudan a entender.

Marta sabía que venían libros para Ele, no sabía que había un diario y lo recibió con sorpresa. Ele lo recibió con curiosidad. Era un libro que no estaba escrito, un libro que Ele tenía que escribir. Y era un libro de secretos, porque solo ella podía abrirlo. Pensó dónde guardar las llaves del candado, y con toda la inocencia que solo la infancia luce, decidió, en voz alta y para todos, que las pondría en sus joyeros.

Los niños no debieran tener secretos. Alguien sin secretos, no necesita candados para guardarlos. El candado y la llave fueron una rareza, lo que hizo aún más diferente a aquel libro en blanco esperando ser escrito.

Hay futuro. Hay futuro porque hay Ele. Porque no entiende de secretos y candados; porque no entiende de modas; porque se aferra a sus nuevos libros con toda la ilusión, los manosea, los abre y cierra, lee un poco por aquí, hojea, lee un poco por allá, mira los dibujos y se ríe sola. Transmite toda su excitación sin miedo al qué dirán y se regocija en su regalo bienvenido.

En España hay futuro porque hay padres como los de Ele, que enseñan a donar y a amar la lectura; que hacen que cumplir años venga a veces con el regalo más preciado: poder acceder a los libros de la sección siguiente de la biblioteca.

Mientras tengamos niños que leen, podemos contar con adultos cultivados en el futuro. Para tener niños que leen, necesitamos padres responsables y comprometidos, padres que leen.