Yo también dije que estábamos volviéndonos locos con el lenguaje inclusivo y que era importante entender la diferencia entre género gramatical y género sexual.

Esto fue hace diez o quince años, cuando la teoría queer era algo lejano y cuyo nombre desconocía. El movimiento queer era muy joven, no había cumplido los veinte años aún y el transfeminismo estaba recién bautizado.

El problema de inclusión era tan básico y esencial que yo sólo pude reducirlo a lo inmediato, y el lenguaje inclusivo me parecía un esfuerzo vano, un intento casi retorcido de igualizar artificialmente el lenguaje cuando quedaba tanto por igualizar en la vida. ¿Cuál podia ser la relevancia de una lengua escrita más igualitaria si no tenía una solución válida en el habla? El habla es el pan de cada día, ¿cuánto me ayuda escribir «todxs» si no puedo pronunciarlo? Por supuesto, entendía que ciertas palabras de herencia sexista se acomodasen a la nueva realidad; en el lenguaje, como en la vida, tenía que haber médicas y enfermeros. Pero evitar «el cuerpo de maestros» porque es masculino, tener que citar cada vez «maestros y maestras», «alumnas y alumnos» conducía a una complicación innecesaria.

—¿Pero por qué va primero el masculino?
—Usté perdone, diré «maestras y maestros», entonces.
—¡No se trata de una concesión! Hay que naturalizarlo.
—¿Pero cómo? ¿A las maestras y maestros y/o maestros y maestras?

Me parecía una forma de comunicación engorrosa y no veía que favoreciese en nada los problemas que sí me preocupaban: la mujer trabajadora, la conciliación laboral, la implicación igual del varón en el cuidado de la casa y de los hijos, la violencia de género, la misoginia generalizada… Y no pensé entonces en el problema de quien no se considera ni esto ni lo otro, el problema de la imposición de un binarismo sexual que simplifica —de manera artificial— algo más complejo y genera un conflicto porque no todos entendemos la sexualidad a la manera de la norma arbitraria que se impuso años atrás.

Sí entendía que no tenemos por qué estar todos cortados por el mismo patrón y que la libertad sexual pasa por aceptar que hay otras opciones diferentes e igual de sanas y naturales que la heterosexualidad monogámica que nos han metido por los ojos, particularmente si esta, la heterosexualidad monógama, es de hecho libre y no forzada o condicionada por una sociedad sometida al juicio de poderes misóginos. Pero no supe ver el lenguaje como una herramienta para desterrar los instintos conservadores, para actualizar la mente colectiva y para reflejar una sociedad que, cuando menos, cuestiona los valores del heteropatriarcado y apunta a su obsolescencia, por fin.

Creo que la evolución social y la evolución individual vienen juntas con frecuencia. Un cambio en cada individuo causa cambio social si son muchos individuos o si tienen la suficiente relevancia; y un cambio social repercute, necesariamente, en el individuo.

La sociedad es un ente y evoluciona, es inevitable. Algunos individuos somos más resistentes al cambio y tendemos al conservadurismo, ya hemos reflexionado, ya hemos sopesado y ya hemos decidido: estamos cómodos en nuestras convicciones y no queremos pasar por ese trabajo de cuestionarlo todo otra vez. Otros somos más flexibles y nunca dejamos de reconstruirnos, nos incomoda la estasis forzada y abrazamos la renovación.

Acepto mi error conceptual y abrazo el cambio. Sí creo que se puede usar el lenguaje como herramienta y que es elección de cada uno, pero creo también que el respeto pasa por tener en cuenta a las minorías oprimidas. El colectivo que no encaja en el binarismo sexual, está discriminado por el lenguaje tradicional; y la condición social desigual de las mujeres respecto a los hombres se refuerza en el lenguaje tradicional por ausencia de formas femeninas generalistas o de una forma neutra que no acarree los valores heteropatriarcalistas de antaño.

El cambio no es necesario en términos de comunicación, es imprescindible en términos de respeto y de reivindicación. Es un símbolo y es reflejo de una sociedad abierta a una nueva concepción de sí misma.

No se trata de eliminar el «todos» que ya está ahí como forma de plural neutro, se trata de aceptar y naturalizar el «todas» con el mismo valor, precisamente porque no está.

Asumir «lo masculino» como norma en la lengua no acarrea ningún daño si la sociedad está madura en igualdad de género, pero resulta que no lo está (la prueba son todos aquellos que no se ven representados ni respetados en sociedad, que por no verse reflejados ni en un «él» ni en un «ella» se ven como una anécdota o una anomalía; y la prueba son todos los datos comparativos que nos salen por las orejas: violencia, oportunidades laborales, salarios, tareas del hogar, cuidado de los hijos, etc).

Nos estamos formando, estamos aprendiendo, y estamos cambiando, pero aún queda mucho por hacer, y el lenguaje sí supone una barrera más si la sociedad en su conjunto no ha aprendido aún que no somos necesariamente binarios, y que no hay taras biológicas que hagan a la mujer más incapaz que el hombre, ni ventajas evolutivas que hagan al hombre más capaz que la mujer. El lenguaje no es otra cosa que una herramienta para asentar la igualdad y el respeto, y a la vez es un reflejo de esa maduración social, o del deseo social de alcanzar una igualdad real.

Por supuesto que nadie está obligado a usar el lenguaje inclusivo —no lo estoy haciendo—, pero no condenemos a quien impulsa el cambio, a quien utiliza cuanto está a su alcance para hacernos mejores a todas

 

  • Este vídeo (YouTube, 11 min) es muy recomendable para empezar a reflexionar sobre estos movimientos, queer y transfeminismo, que  menciono al comienzo.
  • Esta entrada del blog «Escritura feminista» explica el transfeminismo de forma breve.
  • Y la teoría queer otra vez (el mismo enlace que tengo arriba).